Opinión

Bienvenido el enemigo

La columna de opinión de Jenny Gámez A.

Jenny Gámez A.

Editora de Futbolred

Foto: Archivo el tiempo

05 de marzo 2018 , 12:00 p.m.

Se oyó el estadio. Y eso, por muy raro que parezca, es nuevo. Para muchos resulta exótico que se escuche la algarabía cuando sale al campo el equipo rival, pues hace años preferimos silenciar las tribunas para evitarnos el dolor de cabeza de quienes van más armados para la guerra que para ver un partido de fútbol.

Nos ganó el pulso la violencia y, cansados de contar heridos y tragedias con la vana excusa del deporte, le cerramos la puerta al hincha visitante.
Pero hoy, después de ver lo que pasó este domingo en El Campín de Bogotá, hay licencia para ilusionarse con volver a encontrarnos, vestidos con las camisetas de nuestros equipos, en el mismo recinto sin tener que darnos de trompadas.

Los hinchas más jóvenes dirán que es ciencia ficción, pero es verdad que en los 90 íbamos al estadio con nuestros primos y amigos más queridos, esos que habían elegido la acera contraria a la nuestra, y les celebrábamos los goles de nuestro equipo en la cara, nos reíamos de sus insultos a sus jugadores por no evitarles semejante padecimiento y coincidíamos todos en quejarnos del juez... ese era tal vez el único punto de encuentro.

Y después, lo puedo jurar, íbamos a la casa de otro, comíamos juntos y hablábamos horas enteras del tronco de la tarde, del héroe que hizo el gol en el último minuto, del momento clave... Porque éramos todos expertos analistas, igual que hoy, sólo que entonces todos sabíamos que era un juego y que, más allá de la penosa semana de burlas y chistes flojos que le esperaba al perdedor, no habría discusiones que terminaran en odios eternos ni mucho menos heridos o muertos.

El domingo volvieron los hinchas del América a El Campín en un partido oficial y se encontraron con los hinchas de Millonarios. Era uno de esos eventos de alta complejidad que las autoridades suelen evitar: por precaución había más de 1.000 policías, por fortuna casi todos pudieron ver el partido y se fueron a casa sin mayores contratiempos.

Se oyeron silbidos a Elkin Blanco y de inmediato una ola de elogios para él desde la tribuna rival; se sintieron los tambores de los hinchas rojos a pesar de los tres goles y el mal juego de su equipo y se tuvieron que callar cuando vino el Ole de los azules, que no cabían de la dicha. Al fin, volvió el sonido del estadio que los nostálgicos creíamos extinto.

Y bien: si somos capaces de respetarnos y compartir el mismo espacio con quien ama lo que yo odio, ¿Quién dice que en un futuro no seremos capaces de hacer lo mismo en todos los demás escenarios?

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