Opinión

Fútbol en la patria del béisbol

Columna de Jorge Barraza sobre el Mundial 1994 en Estados Unidos.

Jorge Barraza

Columnista Futbolred

Foto: Archivo particular

17 de mayo 2018 , 07:24 a.m.

Superando escaleras y pasillos, íbamos tres periodistas amigos buscando nuestros lugares en el enorme Soldier Field Stadium de Chicago. Teníamos pupitres numerados en la tribuna de prensa (al rayo del sol), pero, imprevistamente, encontramos una tarima con una alta placa de madera detrás que daba sombra. Faltaban tres horas para el comienzo del partido.

Dijimos: “Sentémonos aquí y roguemos que no nos muevan”. A las tres de la tarde de ese 17 de junio de 1994, hora del puntapié inicial, hacía más de 40 grados (en el campo eran 45, según informaron). Nadie nos corrió y nosotros ni pestañeábamos para no mojarnos en transpiración. A orillas del lago Michigan, la sofocante humedad tornaba irrespirable la tarde. Nunca vivimos algo igual. Fue el día del cotejo inaugural en Estados Unidos ’94, cuando el Mundial desembarcó en el único país que le dio obstinadamente la espalda al fútbol.

Los gigantescos estadios norteamericanos eran casi todos de una sola bandeja y no tenían visera que protegiera del sol. En la tribuna de enfrente, los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y de Bolivia, Gonzalo de Losada, hasta se quitaron el saco y se arremangaron para soportar el bochorno. Abajo, Alemania y Bolivia hicieron un partido soso, algo comprensible por la infernal temperatura. Fue la mejor Bolivia que hayamos visto. Muy seria, competitiva, la del vasco Azkargorta. La de Trucco, Rimba, Gustavo Quinteros, Sandy, Cristaldo, Borja, Soria, Melgar, Etcheverry, Ramallo… Era todo parejo hasta que una pequeña desconcentración defensiva le dio a Klinsmann la ocasión que un alemán difícilmente desaprovecha y ganó el campeón del mundo 1 a 0.

La asistencia plena de 63.117 espectadores fue una muestra de lo que vendría: EE.UU. ’94 se convirtió en el Mundial con mayor asistencia de público de los veinte disputados hasta hoy con 3.587.538 boletos vendidos en los 52 partidos (68.991 por partido). De Uruguay 1930, en el que el torneo se jugó en veinte cuadras a la redonda, se pasó a este certamen en un territorio muy vasto, con nueve sedes, algunas a distancias increíbles de otras, como Boston y San Francisco separadas por 4.338 kilómetros y 5 horas y media de avión. Como si un partido se jugara en Buenos Aires y el siguiente en Bogotá. Semejante lejanía hizo que el evento se desmembrara y cada contingente de hinchas y periodistas se instalara junto a la delegación de su país.

Se lo promocionó como el Mundial de la tecnología, pero resultó mucho más sencillo de lo imaginado. A diferencia de los anteriores, no lo asumió el país sino empresas privadas, y no se gastó un solo dólar de más. Austeridad, instalaciones precarias, baños químicos… La inversión fue mínima, se utilizaron estadios de fútbol americano ya existentes, no hubo siquiera remodelaciones específicas para la Copa. Recordamos a Andrés Mendoza, colega ecuatoriano, director de radio Atalaya, quien llegó a San Francisco en el último tramo de la competencia; su primera sensación fue de estupor: “Nunca hubiese imaginado que los estadios fueran tan feos. El de Los Ángeles es absolutamente común, sin la menor espectacularidad, pero el de San Francisco es feo y viejo. Vengo de verlos por televisión y pensé que eran fantásticos, pero éste es de madera apoyada sobre tierra. Los accesos son malos, con caminos de tierra polvorienta. Increíble”. En efecto, el coloso de Stanford, en Palo Alto, era íntegro de tablones y los pasillos eran de tierra, aunque igual era un óvalo perfecto, arquitectónicamente bonito. Pero sí, tratándose de Estados Unidos, uno esperaba otra cosa.

Como copresidente del comité del siguiente torneo -Francia ’98- Michel Platini recorrió instalaciones, tomó notas. Cuando le preguntaron su opinión sobre la organización del torneo norteamericano, respondió: “Simpática”. Luego agregó una frase fantástica: “Hicieron extraordinariamente bien lo mínimo”. Tal cual. Eso permitió que fuera el único Mundial con ganancias: dejó más de 3.000 millones de dólares en utilidades. No hubo un centro de prensa aglutinador, como en las otras ediciones. Cada subsede tenía un pequeño centro montado en una carpa adyacente al estadio. Difícil y caro viajar para seguir a los equipos, difícil obtener información.

Pero la FIFA acertó un gol de arco a arco: llevó el fútbol al país número uno del planeta y quedó instaurado. A dos días del comienzo del Mundial, una encuesta reflejó que ocho de cada diez habitantes estadounidenses (no de las colonias latina o italiana) no sabían qué era la World Cup; veinticinco días después se batían récords de audiencia televisiva. En el partido EE.UU 0 - Brasil 1 la cadena ABC alcanzó un rating histórico de 10,5 puntos (equivalente a 32 millones de telespectadores). Con un agregado importante: a la misma hora jugaron los Yankees un partido de beisbol de cierta relevancia y no fue nadie. La nota la registró el New York Post con gran olfato periodístico: en una página insertó una foto del choque Brasil-EE.UU. con 84.147 aficionados en las gradas; en la otra, una imagen del Yankee Stadium semidesierto.

David Downs, funcionario de ABC, que compró los derechos, no podía creerlo: “Hasta yo estoy sorprendido por la respuesta de la gente a esta Copa del Mundo, nuestras previsiones más optimistas fueron superadas en un 75%”. Curtis Pires, portavoz de ESPN, cadena de cable, graficó: “Quiero poner un solo ejemplo: Suecia-Arabia Saudita, un encuentro no muy atrayente en teoría y dos países que no tienen fuerte presencia étnica en Estados Unidos, obtuvieron un rating de seis millones de espectadores. Increíblemente, ha batido a la final de Wimbledon, transmitida por NBC (un canal abierto), y donde jugaba un norteamericano, Pete Sampras”.

Lo más increíble fue que en los partidos de “los USA” se entonó el “Iu-e-sei… Iu-e-sei…” a la usanza de las otras hinchadas. Mucho tuvo que ver el temperamental equipo de Bora Milutinovic, con Alexi Lalas y Marcelo Balboa liderando desde la zaga. El entusiasmo dio frutos: al año siguiente se creó la liga estadounidense (MLS), que funciona a hasta hoy, y cada vez con más fuerza.

El fútbol propiamente dicho fue la parte más atrayente de USA ’94. Buenos espectáculos, se mejoró el oprobioso juego de Italia ’90, con muchos goles, menos expulsiones y debutó la nueva regla de tres puntos a la victoria. Lastimosamente, muchos se quedaron con la imagen de la desangelada final entre Brasil e Italia -0 a 0 y definida por penales-. Brasil no fue el equipo carnavalesco y ofensivo de otros Mundiales, era muy utilitario, marca Parreira. Defendía mucho y dejaba dos puntas arriba -Romario y Bebeto-, que con espacios hicieron los estragos suficientes. Fue justo ganador, supo ser campeón. Italia llegó a la definición por oficio, por tenacidad y por un iluminadísimo Roberto Baggio.

Baggio, que arribó con el rótulo de Balón de Oro 1993, tuvo un comienzo tan decepcionante que la prensa italiana clamaba para que lo sacaran: “Si eres una señorita vuelve a casa y pon una perfumería”, decían algunos periodistas. Pero Roby tuvo una fase final sensacional y con cinco goles puso a Italia en la final. El destino, cruel, le reservó la fruta amarga: en la definición del título por penales su disparo, el último, se elevó hacia el cielo y Brasil se coronó campeón.

Colombia era, para muchos, uno de los favoritos al título por su fútbol atildado y sus estrellas que habían aplastado con el 5 a 0 a Argentina. Resultó estrellado, eliminado en primera fase y el retorno a casa fue duro, enmarcado por la tragedia de Andrés Escobar.

Argentina, ya sin Bilardo y con Basile en el banco, presentó tal vez la mejor selección de su historia en cuanto a nombres y fútbol. Parecía encaminarse sin dudas al título, jugaba bien, era ofensivo y tuvo un arranque arrollador, hasta que le explotó una bomba en las manos: Maradona fue encontrado positivo en el control antidoping y obligado a abandonar el torneo. El impacto desmoronó a todo el equipo. “Me cortaron las piernas”, fue la célebre frase de Diego, que hasta hoy niega haberse dopado. Quienes lo vivieron, no olvidarán nunca a la enfermera rubia y rellenita que fue a buscarlo con un policía hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control. Maradona iba sonriente a la silla eléctrica… Fue la foto del Mundial, acaso más que la de Romario levantando la Copa.

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