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Futbolred

Falta de magos, por Nicolás Samper C.

Columna de opinión sobre la eliminaciónde Italia del Mundial de Rusia 2018.

Foto: Archivo Particular

Nicolás Samper, columnista invitado.

Noviembre 14,2017

Conti corría como loco por una banda y el viento hacía que su pelo se moviera al son de su trote corto y punzante. Esa imagen de ese pelero dando saltos es muy de los futbolistas de los ochenta. Y Conti, con Graziani, estaban encargados de darles a los italianos esa dosis necesaria de pensamiento y velocidad. Con ellos, Paolo Rossi se volvió intratable en un Mundial que empezó pésimo para ellos pero que se fue cambiando a su favor en España 1982.

Y antes existió Gianni Rivera, rubiecito y pintoso, consciente de su maravilloso talento y capaz de llevar a Italia a vencer, a punta de ideas y de contar con un solucionador de problemas ofensivos como Gigi Riva, La Eurocopa del 68. Diga que tuvieron mala suerte ambos en tiempos de Copa Mundo porque en su pleno esplendor les tocó en el camino verse contra el mejor Brasil de todos los tiempos, equipo capaz de desflecar hasta al más duro de los adversarios.

Y luego emergieron en ese fútbol más de los mismos. O mejor dicho, más de esos genios talentosos por los que algunas personas fueron capaces de destruir la sede del club Fiorentina cuando se enteraron que el ideólogo que los ilusionaba se iba a Juventus. Ese muchacho se llamaba Roberto Baggio y aunque se inmortalizó por un clamoroso fallo -aquel penal frente a la portería de Taffarel en la final de USA 94- Italia le agradeció siempre esa escasa vocación del que piensa antes de actuar. Y de eso se trata la creación.

En una época hubo tanta competencia en ese lugar de la cancha que un monstruo como Gianfranco Zola apenas tuvo opciones. Heredero de Maradona y el mejor socio de Faustino Asprilla nació cuando Baggio andaba con la luz encendida y aún peor: luego emergió Del Piero y entonces a Zola le tocó conformarse con escasas apariciones como extra sin parlamento en la selección.

Y en su última consagración, en Alemania 2006, aún alcanzaba para ratos de Del Piero y para ver a Francesco Totti pletórico, luchador, pero no alocado. Y a Andrea Pirlo en esa función tan creativa pero tan precavida, entendiendo que él también debía hacer parte del circuito defensivo.

Hoy Italia recuerda sus peores pesadillas porque el equipo que debió entrar al mundial ruso contaba con velocistas, con fajadores potentes, con gladiadores capaces de morder tobillos de adversarios brillantes, de un arquero que siempre se disfrazó de imbatible. Pero sin un cerebro capaz de encauzar tanto fuego.

 

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