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Zancadillas al fútbol

Columna de opinión sobre las simulaciones y más particularidades del futbolista de hoy.

Foto: Archivo ETCE

Esteban Jaramillo, columnista invitado.

Julio 31,2017

En 1989, Roberto Rojas, el llamado mejor portero de la historia de Chile, se infligió una lesión en el rostro con una cuchilla que escondía en su guante, en el partido contra Brasil en el Clasificatorio al Mundial. Comprobado luego el insólito fraude, y en medio del bochorno, tanto Rojas como su selección fueron sancionados por la Fifa.

El tema, como anillo al dedo por la proliferación de hoy en el fútbol colombiano, de simulaciones, caídas fingidas, faltas inexistentes y trampas para enredar a los árbitros, afectar el juego limpio y confundir a los aficionados.

Al primer contacto, a veces ni lo hay, el futbolista cae como atropellado por una tractomula, manotea el piso y grita adolorido mientras se revuelca; corren los médicos, piden ambulancia, alertan al hospital más cercano, detiene su respiración el hincha, se suspende el juego. A renglón seguido, soba con su mano, desfalleciente, el lugar afectado, que siempre es distinto al golpeado, esperando los brotes de sangre que no llegan. Pide al árbitro, con mirada perdida, una tarjeta para su agresor. Si esta aparece, de inmediato se pone de pies en acción milagrosa y sigue en la brega tras el balón. Si sale en camilla, retorna al momento, totalmente recuperado.

Qué burda comedia la que afea el espectáculo. Es vivir en mediocridad con actores de tercera categoría.

El recetario de despropósitos, de aquellos que no entienden qué es disciplina, qué es decencia, qué es educación, es amplio.

Hace poco, uno de los asistentes del técnico de Real Santander aprovechaba las tomas preliminares de TV en un partido de la B para exhibir, encima de su panza, las fotos de sus hijos como si estuvieran desparecidos, con el verdadero fin de saludarlos.

Un conocido portero inscribió, en su buzo, los nombres de sus retoños, en reemplazo del suyo, sin importarle si confundía o no a los narradores, comentaristas y aficionados. Común es ver a los futbolistas en la ceremonia protocolaria enviando saludos burdos, o en clave, a novias, amigas, esposas o amantes.

Nada enerva más a un aficionado que el ver a un futbolista sobándose el estómago, cuando lo golpearon en la nunca, o un portero perdiendo tiempo, con la tolerancia arbitral.

Edificante es la medida de emergencia de la Dimayor, de sancionar de oficio a quienes urden patrañas que afean el fútbol, tanto como los escupitajos, la matonería o los desbordes de violencia. La ordinariez no puede destronar las habilidades, caricias o goles fantásticos, que se logran con el balón.

Esteban Jaramillo Osorio
En Twitter: @estejaramillo

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