Opinión

Delirio

Opinión de Jenny Gámez sobre las recientes quejas del arbitraje en Colombia.

Jenny Gámez recortada final

Jenny Gámez recortada final

Foto: Jenny Gámez recortada final

17 de septiembre 2018 , 03:04 p.m.

No deja de sorprender la histeria colectiva que se ha generado en la Liga por culpa de los errores de los árbitros. Y no es que no existan o que se exageren, sino que hace al menos 40 años que se hizo el diagnóstico de un mal que cada tanto, como si fuera una epidemia, vuelve sobre el fútbol colombiano, siempre sin cura, siempre sin solución.

Lejanamente lo sugirió el técnico del Junior, Julio Comesaña, el más reciente afectado por el lamentable nivel académico de muchos árbitros del país: “A veces esto es más por poder que por dinero. Si pitas así, vas a torneos internacionales… Hay que revisar de fondo la moral de las personas”, dijo, haciendo un enorme esfuerzo por no contar más de lo que sabe para no exponerse a una sanción.

¿Qué sabe? Que el arbitraje en Colombia es una especie de cofradía en la que pesan más los contactos, los ‘padrinos’, las prevendas de distintos tipos que el mínimo conocimiento de las reglas del juego. Sabe que en los últimos años son las reuniones sociales y no las pruebas físicas o técnicas los escenarios donde se deciden las credenciales para los árbitros en la región. Sabe que no se llega a ‘ningún Pereira’ (ningún Mundial, para ser más exactos) respondiendo sólo a saberse hábil y eficiente en la tarea por la cual le pagan: impartir justicia en una cancha.

Por eso sorprende que vayamos como perros tras el hueso de un presunto plan para dañar a un determinado equipo -llámese como se llame- porque por esa vía hay un único y conocido final: morderse la cola.

¡Que no hay un plan para acorralar a nadie, que lo que hay es una mafia detrás del manejo del arbitraje que se nutre de promesas de poder y que sólo funciona cuando la mayoría de los aspirantes es una masa ignorante! Pasa en el fútbol y en la vida, no se hagan los sorprendidos.

La discusión entonces debería ser el nivel del arbitraje colombiano. A alguien debería llamarle la atención que en lo que va de la Liga II el promedio del mejor juez del país, Carlos Ortega, apenas llega a 7 puntos y que hay ocho (¡ocho!) que se rajan y no llegan si quiera al 6. En cualquier escenario de reflexión tiene que ser al menos curioso que haya seis y no siete jueces internacionales (como los demás países clase B de la Conmebol -Clase B es Colombia, que quede claro-) porque a alguien en alguna reunión social no se le antojó reemplazar a Lamoroux. ¿Por qué no?

Una profesión que se nivela por lo bajo en el mundo y que en Colombia deja tantas dudas merecería mucho más que este actual delirio de persecución que no es de hoy, ni de ayer, sino, como digo, de hace décadas. Hoy puede ser un ‘tema de moda’, mañana volveremos a escandalizarnos y ya no será el Junior sino cualquier otro club el que apele a la paranoia. Así se fortalecen los peores males: tratando con aspirina lo que requiere cirugía.


Jenny Gámez A.
Editora de Futbolred
En Twitter @jennygameza

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