Opinión

Valentía

Nicolás Samper recuerda cuando los políticos irrumpieron en las celebraciones futboleras.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

09 de julio 2019 , 03:54 p.m.

Siempre pienso en ese cuadro que resulta tan incómodo para ambas partes: para el político, que parece metido en una camisa más pequeña en esas instancias y para los deportistas, que saben que de no triunfar no estarían nunca invitados en el salón presidencial.

Los deportistas, supone uno, saben y tienen sus propias inclinaciones políticas y está bien que se las reserven en tiempos de calenturas y polarizaciones en las que las divisiones encasillan a “enemigos” y “amigos” de acuerdo a los amores y odios. Pensaba en Carlos Caszely, el gran delantero chileno que abiertamente y lanza en ristre no tuvo nunca ambages para escupir su rabia contra Augusto Pinochet en tiempos de la dictadura. Caszely, en un acto oficial, se negó a darle la mano a Pinochet, Justo antes de que su selección viajara a Alemania para disputar el Mundial de 1974. No había sido su único acto de insurrección: al saber que el Estadio Nacional de Santiago -sede natural del equipo nacional- era uno de los más grandes centros de tortura de la dictadura se negó a jugar en aquel césped. En venganza la madre de Caszely fue secuestrada y torturada.

¿Debería un deportista ir a una ceremonia en la que no esté de acuerdo por su inclinación política sin que eso signifique nada diferente a poder estar en racional contravía con algo? Suena difícil en tiempos de corrección política y de algodones en el alma de cualquiera que se pueda sentir ofendido con la respiración ajena. Pero existen todavía algunos valientes, o algunos que prefieren la sinceridad a mostrar los dientes blancos cuando hay brindis en copas altas de champán antes de despedir oficialmente a una delegación nacional.

Los gringos en eso parecen ser inalterables: con los antecedentes del “black power”, Colin Kaepernick y otros más, se sintieron en la obligación moral de no dejar pasar de lado los abusos policiales en Estados Unidos contra la población negra y pusieron en jaque la solemnidad decorativa de los himnos patrios, lo que les valió sanción de la NFL pero respaldo popular de aquellos que vieron no un gesto populista sino una manera de ser sinceros en medio de tantas posturas postizas. Donald Trump, que parece dar la espalda a tantas denuncias, los miró de mala forma.

Pasó exactamente igual con Megan Rapinoe, figurón de la selección de EEUU de fútbol femenino, que advirtió que nunca iría a la ‘fucking’ Casa Blanca; Trump dobló el reto diciendo que primero, para recibir ese honor, tendrían que ganar algo y la apuesta no le salió bien. El título mundial en Francia le puso un esparadrapo al poderoso que parece difícil quitar.

En la final de la Copa América había alguna esperanza de ver un acto de insurrección frente a Jaír Bolsonaro pero no se dio: de hecho en algún instante de la celebración pareció que el presidente con la imagen más mala en Brasil desde 1990 era el gran vencedor del torneo y no aquellos que consiguieron el honor en el campo.

No hay situación más tensa que esa: la del líder político que se autoproclama autor de goles y atajadas y la de los profesionales que apenas les toca observar semejante ridículo lo que confirma que aún no se ha inventado el manual de modales para esas situaciones.

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