Opinión

Ser Tigres o Veracruz

Nicolás Samper habla de la crisis en el fútbol colombiano y la solidaridad de los jugadores.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

22 de octubre 2019 , 06:48 p.m.

No pagan por el trabajo hecho pero ¡ay de que reclamen porque se les va cancelando el contrato! Esa es la situación del Cúcuta Deportivo hoy, que aunque está peleando por guardar su cupo entre los ocho mejores no se preocupa solamente por hacer su trabajo y listo: no. Les toca preocuparse por tratar de sobrevivir como sea, les toca pensar en todo lo que eso incurre y además dar buenos resultados.

Y a pesar de tantas pruebas que siguen dejando a los futbolistas -que en realidad son los protagonistas de esto porque sin ellos no hay nada, ni siquiera esta columna de opinión- como el último eslabón de la cadena, la Dimayor insiste en que la única vía válida para tratar de solucionar el conflicto laboral entre aquellos que hacen el verdadero espectáculo es de plano, negar su existencia. Cómo quien ante la imposibilidad de actuar con diligencia ante la crisis decide cerrar los ojos por término indefinido hasta que la tormenta pase. Lo que pasa es que cuando tengan que abrir los ojos la situación va a ser la misma. Nada se habrá solucionado. Con semejante posición -la de negar la posibilidad de hablar con el otro para llegar a ciertos acuerdos- la Dimayor va a ser la causante de que el cese de actividades de los jugadores profesionales termine llevándose a cabo porque del lado de los futbolistas han tratado de encontrarse de todas las formas; la dirigencia, soberbia, ha negado ese derecho.

Entrar en ese estado del ser es desconocer lo que ocurre: porque es sencillo vender el cuento de que todos los jugadores de fútbol son archimillonarios y que es el colmo de ellos, gente plagada de privilegios. Es cuestión de sentarse a hablar con cualquier plantel de la parte baja de la A o con casi la totalidad de los inscritos en la división B para darse cuenta de que acá no todos tienen yate. Por eso aquellos que no sufren lo que el Cúcuta por estos días, salieron a decir que aunque ellos están cómodos, el ideal sería que sus colegas lo estuvieran. Y que si hay una mesa de concertación para que sea posible un acuerdo entre las partes, bienvenido sea el cese de actividades. Así de simple, así de contundente.

En México pasó algo muy singular el fin de semana pasado: Veracruz está en su peor momento deportivo e institucional, lleva casi 40 partidos sin ganar y el club les debe a sus profesionales y demás empleados desde hace ya bastantes meses. El partido era contra Tigres, un club que no cuenta con inconvenientes económicos, que se da el lujo de fichar hombres de gran cartel (Eduardo Vargas, Pierre Gignac, Nahuel Guzmán) y que a pesar de que previamente habían charlado con sus pares veracruzanos que les avisaron que en protesta con la dirigencia por la falta de pagos estarían quietos en la cancha cuatro minutos, los amarillos de Ferretti no respetaron esa petición y les hicieron dos goles en ese período de provocada quietud de sus adversarios.

Aparte del repudio que puede producir Tigres por su mala leche (qué les costaba estar 240 segundos paralizados) hay una conclusión si hacemos el comparativo con el país: En Colombia al menos en esta ocasión parece haber una condición distinta a la de años anteriores en los que los vientos de cese aparecieron pero no se consolidaron. Hoy parece haber más colegaje, más entender ese sufrimiento de estar un rato en los zapatos de los demás.

Y ahí está la clave: los futbolistas colombianos, hasta los más boyantes, entienden que aunque hoy pueden ser (Económicamente hablando) Tigres, un día podría tocarles ser Veracruz.

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