Opinión

La dolorosa quietud

Nicolás Samper recuerda los momentos de duras lesiones que han aquejado el mundo de fútbol.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

10 de septiembre 2019 , 03:39 p.m.

La postal es universal: el futbolista está quieto en el césped y a medida que se van acercando los compañeros y adversarios todos empiezan a revolear las manos para pedir con urgencia el cambio. El árbitro mira al caído, se voltea a observar el costado del campo y empieza a mover los brazos hacia arriba para que entren rápido los camilleros porque la cosa se está complicando. Corren presurosos los médicos y se agachan tapando al afectado mientras que algunos colegas se toman la cabeza como sin comprender por qué demonios uno de sus soldados está malherido.

Es que a cualquiera le pudo haber ocurrido y ese es el riesgo de la cancha, el que los 22 corren al pisar el césped y por el cual algunos se persignan: para que su dios no los abandone, sin importar que al final se gane un título o se caiga derrotado tras una humillante goleada. Lo importante al final es que haya salud.

Héctor Quiñones cayó con todo el peso de su cuerpo sobre su pierna y la cámara lenta hizo ver más claro, y más terrible, todo el panorama: el dolor se trasladó desde el campo hasta la pantalla de TV y uno pide no vivir semejante trance. El lateral tuvo que ser reemplazado mientras que las cámaras lo mostraban llorando en medio de su drama, que al final se convierte también en drama de los que lo acompañan en su propio equipo, drama para los que lo están enfrentando y drama para los que lo vieron en las graderías sin importar el color.

Los códigos indican que cuando un futbolista empieza a revolcarse en el suelo como un cachorro jugueteando es que nunca ha estado mejor de salud que en ese instante, como suele hacerlo Neymar ante el mínimo contacto; si el futbolista se queda inmóvil, inerte, es momento de empezarse a preocupar.

Los recuerdos cada vez que pasa algo en el campo nos remiten a evocaciones impresionantes, que son imposibles de borrar y que nos llevan a esa terrorífica detención del tiempo: el slalom de Ronaldo que de repente se acaba cuando la rodilla del brasileño se transforma en una masa informe en pleno juego de Copa Italia Lazio-Inter; la rodilla doblándose hacia el lado contrario a como está construida, como le ocurrió a Iván Vélez, defendiendo la camiseta del Junior en un duelo ante Millonarios, tan cercana en similitud al duelo de eliminatorias de 1997 entre Colombia y Perú en el que Osman López no pudo volver a ser el mismo de antes.

A veces pasa en soledad, por un mal movimiento de la pierna, pero también una colisión es capaz de desatar el horror, como aquella tarde en la que jugaban Birmingham y Arsenal y Eduardo Da Silva vio, antes de caer en un estado de seminconsciencia, que su pie estuvo a punto de ser arrancado de raíz por cuenta del durísimo zaguero Taylor. O la noche en la que José Luis Tancredi se encontró de frente con Andrés Cadavid en un duelo de tarde-noche entre Millonarios y América. Imposible olvidar un duelo Gimnasia y Esgrima-Atlético Rafaela en la que el destino se ensañó con el portero rafaelino Gabriel Airaudo.

En un mano a mano con el delantero Lucas Castro salió al corte. Castro, sin intención, chocó con el portero que no se pudo levantar. De repente su cara estaba llena de sangre que salía por su ojo derecho: el golpe hizo que se le fracturara la cara en siete pedazos y que una de esas puntas producto de la rotura, pinchara su globo ocular. Se retiró del fútbol aunque pudo salvar el ojo comprometido.

Otros como Foe y Feher, más allá de la desconfianza de algunos que creyeron que lo suyo era simulación (sí, hubo gente que suponía que ellos andaban de obra de teatro), nunca pudieron salir de esa dolorosa quietud.

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