Opinión

Pecoso

Columna de opinión de Nicolás Samper sobre el ahora exentrenador del América de Cali.

Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

17 de abril 2019 , 04:52 p.m.

Discípulo de Bilardo desde que ocupaba el carril izquierdo en aquel Deportivo Cali que se asomó a mirar de cerca a la gloria a finales de los años setenta hasta que Boca Juniors le sacó la ilusión de un golpe en la Bombonera, Fernando Castro Lozada siempre encontró en el fútbol un lugar en el que podía ser feliz, más allá de que en la raya de cal parezca padecer hasta lo indecible.


Como entrenador -y espero no fallar en el cálculo- comenzó en 1989 con un muy buen Deportes Quindío que tenía la base del buen conjunto que supo ser protagonista en el 88 y con algunos refuerzos: Carlos Prono, Carlos Peláez, Adolfo Téllez, Augusto Vargas Cortés, Darío Campagna, el petiso Zárate, el pirata Ferrer, Eugenes Cuadrado, Albeiro Valencia. Era más rubio que canoso pero igual aparecía en el foso como un animal enjaulado, viviendo el fútbol con la sangre hirviendo, esa sangre que pidió el domingo pasado como recurso único para poder cambiar la mala racha que empezó a vivir con el América de Cali.

Y Pecoso también supo levantarse de tremendos mazazos. De hecho en Cali, en el arranque de una Libertadores, la del 2003, para ser más exactos, vio cómo entre Robinho y Diego le pintaron la cara a él y a sus muchachos. Aquella gambeta de Robinho que dejó enterrado en el suelo a Iván López fue el símbolo de ese mal momento, de esa goleada 1-5 en contra que lo dejaba en el borde de la carretera con las cuatro llantas pinchadas y sin herramienta para cambiarlas. Se metió en el papel de nuevo y alcanzó las semifianles.

Con un Santa Fe que no andaba bien se puso serio y lo volvió protagonista a finales de los noventa. Tuvo la misma intención en la década siguiente y la cosa iba bien hasta que apareció el tal Ferrari que al final Bolillo Gómez dejó sin ruedas. Con Millos, una lástima, arrancó bien pero concluyó de mala manera, con el equipo eliminado cuando ya estaba listo para gritar clasificado al comenzar el torneo. Creo que en Millos fue en el único sitio en el que no se pudo lucir pero es que eran esas épocas de Millonarios en las que llovía sopa y todo el mundo tenía un tenedor en la mano.

En el Deportivo Cali dio dos vueltas olímpicas, al Medellín lo puso a jugar bien de la mano de Giovanni Hernández, el Tren Valencia y Héctor Núñez y a un Quindío plagado de imberbes le dio vida con Léider Preciado y Elkin Murillo y lo sacó de un mal momento. Algo similar logró con el Huila.

Al volver al América se encontró con un equipo perdido en el campo por cuenta de un entrenador que no se entendía ni a él mismo -Pedro Felicio Santos- y devolvió al club a los lugares de privilegio que tanto pedían sus hinchas. Al final terminaron acabando su contrato a pesar de estar clasificado a las finales, una cosa de esas que parece imposible entender.

Cada vez que el Pecoso Castro esté en un banquillo le haré barra porque pocos como él sienten el fútbol así, con sobredosis de sangre en las venas, con amor puro a un deporte generoso y especial. Para Pecoso, sin importar cómo le vaya, el fútbol no será estar ubicado en una fábrica de 8 a 5 esperando con ansias que suene el silbato de salida para irse a la casa.

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